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Ascensorista de Guardia


Mi despacho

Mi oficina no es muy ancha, hay días que mide, algo más de un metro por un metro… cuando llega a dos me imagino que cabe una portería y casi se puede jugar al fútbol.

Eso sí, los techos son altos como mínimo seis metros, a veces diez, a veces veinte. Está bien ventilado, en invierno más que en verano. Las salidas, como en los aviones, se encuentran a los lados. La iluminación, donde yo viajo, mejorable, aunque en el interior de cabina suele ser más confortable.

Y resulta curioso, cosas del oficio, que en un hueco tan estrecho me sienta a mis anchas. Bueno, quizás exagero, a mis anchas no, pero sí largamente feliz… y tan contento en mi infinitesima porción vertical entre el suelo y el cielo.

Soy ascensorista, ascensorista de guardia.

Al otro lado del cristal

Lo liso e impecable, dice Byung-Chul Han, constituye la seña de la identidad de la época actual: he aquí los rasgos, destaca con ironía, que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, los teléfonos móviles y la depilación brasileña…

…día del padre.

Mi padre se llamaba José y le gustaba la carpintería  (que nadie se confunda, yo ni hago milagros ni me llamo Jesús).  Y, aunque resulte obvio, me apetece contar que todos los ascensoristas somos hijos de alguien y, en ocasiones, padres…