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Ascensorista de Guardia


Un elefante en el ascensor…

El gran Marcos Mundstock, integrante de Luthiers lo definió bien: «El que es capaz de sonreír cuando todo le está saliendo mal es porque ya tiene pensado a quién echarle la culpa». Gran verdad. La socialización de los propios errores es de los pocos alivios al alcance de los que tenemos rotundos egos. Pero lo cierto, para qué vamos a engañarnos, es que tengo una de las mejores colecciones de errores profesionales que son ineludiblemente personales.

Uno de ellos, no demasiado lejano, ha sido una genial intervención en la programación de un variador de frecuencia. El variador es un circuito electrónico que sirve para controlar la velocidad de giro de un motor (algo así como el mando del scalextric pero automatizado para motores grandes). Habíamos cambiado recientemente el motor de un pequeño elevador para aumentar su velocidad y el proceso se atascó en ese punto. El variador y el motor no se entendían

Así que allí voy con toda mi sabiduría a solucionar el problema en auxilio de los compañeros. No fue fácil, el variador no venía bien programado de fábrica, ni estaba claro el proceso de ajuste, ni los parámetros que, supuestamente debería llevar funcionaban como se esperaba. Pero uno tiene recursos y buenos interlocutores en los servicios de asistencia técnica… varias llamadas, unos cuantos intentos fallidos y un gran proceso detectivesco permitió que el motor girara con soltura. Creo que fueron cuatro horas de pelea con el aparato ante la perplejidad del cliente que asistía con enfado creciente a tanto trajín. Después, casi otra hora graduando las distancias de frenado, ajustando las curvas de velocidad y haciendo mil pruebas hasta quedar convencido y poder irme en paz.

El baño de realismo llegó al día siguiente, el cliente indignado había llamado a mi jefe quejándose que tras el coste de la reparación y las horas de trabajo el ascensor iba igual que antes. Su poco amable mensaje se acompañaba de un vídeo de un viaje completo. Entonces lo vi, ¡por fin lo vi!, ese elefante en el ascensor, el problema, desde el principio, no había sido el variador, el error era que el motor que se había instalado era idéntico al que previamente había, la velocidad no había cambiado. Durante mi beatífica intervención lo había visto moverse, había constatado que el variador no se ajustaba con sus valores normales, que las distancias de frenado eran más cortas de lo que suponía para un ascensor más rápido, que el tiempo entre plantas era eterno, que el consumo era bajo… era tan, tan evidente como un elefante en el hueco del ascensor, un inmenso paquidermo que, simplemente me había negado a ver en mi afán de encontrar una solución donde no estaba el problema.

Tengo pendiente debatir con mi psicoanalista las razones de esta ceguera selectiva (alguna idea tengo, no viene ahora a cuento). El sonrojo por no haber visto algo tan obvio, me lo guardo en el pecho como herida narcisista por los siglos. Fue de este modo, pensando en escribir desolado una entrada en este diario, que le pedí a un programa de inteligencia artificial que me dibujara a un elefante en un ascensor…lo hizo bien, me gusta el resultado. Lo tenía guardado a la espera de escribir su relato.

Ese dibujo, sorpresas te da la vida, es ahora la portada del primer libro técnico de texto sobre mantenimiento de ascensores publicado en España… precisamente ese dibujo, ese precisamente, con esta pequeña historia que, hasta ahora no había compartido…

No siempre, pero, a veces, todo lo que baja también sube, gran invento este de los ascensores. Es para sonreir, más bien reir, reirme de mí mismo y toda mi docta ciencia: uno de mis mejores fracasos personales es ya parte indisoluble del gran éxito colectivo que ha supuesto la publicación de ese libro. El sonrojo sigue por dentro, pero también el agradecimiento a la editorial Cano Pina, FEEDA, FEMPA y a quienes pensaron que, adecuadamente introducida, esa imagen, era una buena opción en la portada de un libro serio. Yo, que sabía la historia completa y que comparto su nuevo significado, pienso lo mismo.

Sí, gracias a todos ellos, mis elefantes y yo somos ascensoristas, ascensoristas de guardia, a su servicio.

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¡Gloria!

Fue en 1998, de eso estoy seguro, hacía frío, creo que lloviznaba, no podría jurarlo. La noticia nos la trajo la radio. «Fallece en Madrid la poetisa Gloria Fuertes…» a la edad de no-sé-cuantos-años…

Hueco deshabitado

[…]. Aquí ando ahora, en el abrumador silencio de este pequeño hueco sin cobertura, dolorosamente abierto como una herida.